martes, 26 de febrero de 2008

EL FALDON DE CRISTIANAR Y BAUTIZO DOBLE

Una vez superado el susto inicial, una vez puesto en conocimiento de nuestro padre que tenía tres hijos, una vez encargado una especie de coche-silla doble (ignoro cómo se arregló lo de la cunita-cunitas).... Lo del coche-silla fue problemático. Encontrar quién lo hiciera, cuando se nos ocurrió nacer en un pueblo aún pequeño... Hoy día es bien fácil: Te vas a unos grandes almacenes.... o pequeños..... y siempre se contempla la posibilidad de gemelos, posibilidad que con el tiempo se ha ido multiplicando, sobre todo desde los tratamientos de fertilidad.
Otra vez recalco que lo de mi madre fue para nota... Sin ayuda de nadie y ya en los albores de la clonación....

Una vez superados todos los obstáculos sobrevenidos, se planteó el bautizo. Antes de que naciéramos, mi madre desempolvó el faldón de mi padre, que ya había sido de su padre, y lo lavó, lo planchó, le dio una pizca de “almidón” (para que estuviera “gracioso” y no hiciera daño al bebé.....
No pudo ser.
No se pudo usar el precioso faldón que se ve en la foto, por razones obvias. O nos metían a las dos, y asomarían tal vez sólo dos brazos, pero inevitablemente, dos cabezas, y eso estaría mal visto o mal interpretado, o lo partían en dos, (decisión Salomónica) ya que grande y largo era un montón, o lo deshacían y confeccionaban dos en poco tiempo. Todas estas supuestas soluciones fueron descartándose, porque era una joya de la familia. Así que se tejieron dos iguales, como no podía ser de otra manera, y cada una con nuestro faldón, fuimos bautizadas.

Durante el bautizo, sucedió algo, cuando menos, mosqueante para mí.
Mi hermana la gemela dice que mamá le contó que mientras la bautizaban, una amiga que tenía tocaba en el violín “La leyenda del Beso”. Y como yo no recuerdo que a mi me lo haya dicho, y Mariángeles insiste en que dijo “mientras la bautizaban a ella”, pues
di en pensar que por qué a mí no me tocaron ninguna música mientras despiadadamente mojaban mi pelada cabeza. ¡Qué estaba muy fría el agua, caramba!
¿Sería que sólo sabía tocar una pieza?
¿Se desconcertó con los llantos, y no quiso tocar más?
¿Habían llegado a un acuerdo de tocar sólo para ella?
El caso es que cuando llegó mi turno, nadie tocó el violín.
Por tanto, yo, cabreada, lloré. Y con mucha razón.

Me pareció ver una sonrisa en los labios de mi hermana, según me miraba..... como diciendo ¡chincha!

Pero no creo.

lunes, 25 de febrero de 2008

GEMELAS, INFIERNO O PARAÍSO.

Os aseguro que a mí no me preguntaron si quería nacer. Y no sólo no me preguntaron si quería nacer, sino que además no me preguntaron si quería compañía en ese momento. Ya se que a nadie le preguntan si quiere nacer..... pero ¿por qué a mí, de propina, me pusieron una hermana?.
Si me lo hubieran preguntado....
¿qué hubiese contestado?....

La mayoría de la gente dice que no le hubiera gustado tener una hermana gemela. Eso de mirarse en el espejo y encontrar que alguien es casi igual que tú....

Y la gente que te conoce, sobre todo cuando eres niña, como no te distingue, corta por lo sano y te llama gemela. Indistintamente. Si soy yo, gemela. Si es mi hermana, gemela. Las gemelas hacen esto, las gemelas lo otro, las gemelas son así, son andando.....

Casi un misterio de la santísima dualidad.

Recuerdo que cuando empecé a trabajar, casi me late de emoción el corazón la primera vez que me llamaron por mi nombre, en lugar de gemela....

Cuando venían a verme mis sobrinas de pequeñas, si yo decía algo, y coincidía con que mi hermana lo decía exactamente igual (a pesar de que llevamos treinta y cinco años viviendo a quinientos kilómetros de distancia), se lamentaban, hacían como si lloraran y clamaban al cielo diciendo ¡yo que quería descansar de mi madre, y NO DESCANSO....!!!!.

Este fin de semana tuve la visita de la hija de mi gemela. Venía con el novio, a descansar del estrés de una oposición. Yo dije ayer al novio de mi sobrina: ¡Cómo voy a odiar a mi excuñado, si gracias a él tengo las sobrinas que tengo....!

Quedóse con la boca abierta y dijo que mi hermana, cambiando excuñado por exmarido, y sobrinas por hijas, lo decía exactamente igual....

Bueno, exactamente igual.... ella con acento gallego, y yo ya con un casi acento castellano.

domingo, 17 de febrero de 2008

NACER SIN PAPA

Volviendo a la escena de la habitación en la que se encuentra mi madre, un poquitín más recuperada y con nosotras dos en su cama. Yo mirando como mi hermana miraba hacia los pechos que se suponía iban a alimentarnos. Yo no las tenía todas conmigo. ¿Me tocaría la primera o la segunda? ¿tendríamos suficiente? Empezábamos a impacientarnos. Otra vez la desventaja de ser dos y no una.

Mi madre, además, tenía otras angustias. Mi padre no estaba con ella. Estaba en Oporto trabajando en la fábrica de su tío, hermano de mi abuelo, que era muy rico. Estar rodeado de familiares ricos, cuando tú eres casi tan pobre como una rata, tiene muchísimas ventajas. La principal, es lo rápido que te das cuenta de cuán egoísta te vuelve el dinero. Egoísta y tacaño. Tanto, que mi tío no consideró lo suficientemente importante para que mi padre dejase su trabajo unos días, el haber sido doblemente padre. Así que tardaríamos en conocerle. Y él a nosotros, así que mi madre al día siguiente de nacer nosotras, ya le estaba escribiendo la carta en la que relataba el gran acontecimiento, con pelos y detalles, carta que al recibirla mi padre, la absorbía con lágrimas de emoción e impotencia. Le tranquilizaba que con ella se encontraba nuestra abuela, Manuela Esperanza Flora, y nuestra tía Mariángeles.

sábado, 16 de febrero de 2008

¡QUE MANERA DE MIRARME!

Recuerdo cómo me miró mi hermana. Con casi odio. Pero ¿qué culpa tenía yo de que al fin la hubieran “pescado”? Yo ya cabeza arriba, ella cabeza abajo y llorando. Todo igual. ¿Es que no habrá una manera más dulce de recibirnos? ¡Otra niña! ¡Qué maravilla!. Y al lado un niño que nos miraba con cara de pocos amigos. (ése debe ser nuestro hermano, pensaba). Nada bueno anunciaba su mirada. Tendríamos que prepararnos para lo peor, así que, oye, hermanita, aquí a dar la menos lata posible. Todos están muy contentos, sí, pero para mí que también muy asustados. Mi hermana enseguida se dio cuenta de que tenía razón, y que esto de vivir iba a ser bastante complicado.

Aquí hago un alto para reconocer que mi madre tenía un gran sentido del deber. Muy grande. No como la madre de Gila, que permitió que naciese solo y encima le riñó cuando el pobre le abrió la puerta y le anunció “mamá, he nacido”. Ni hablar. Ella estaba allí y bien que se ocupó de que no naciese sola, como acabo de relatar. Nos había llevado dentro hasta Carballo, un pueblo de Galicia, para que pudiésemos ser españolas-gallegas, y no portuguesas, como hubiera correspondido. No, mi padre no era portugués, pero por razones de supervivencia económica se había visto obligado a trasladarse al “extranjero”.

Esta historia de nuestro nacimiento podríamos decir que tuvo sus comienzos en una iglesia. Mi padre siempre había sido muy religioso, o por lo menos iba a misa con su madre, no se sabe si con mucha convicción. Pero un suceso marcó para siempre su vida. Fue una mañana, cuando más concentrado estaba en misa en la Iglesia de los Salesianos, (siguiendo el vuelo de una mosca, como solía pasar). De repente vio la luz. Una luz que le cegó y le llegó hasta lo más profundo de su corazón. Una luz que le hizo entrar como en un trance: la luz que desprendían los rubios tirabuzones de mi madre. Contaban los dos trece años. Desde entonces, no pasaba un domingo sin ir a la iglesia, así lloviese, hiciese sol, o estuviera enfermo. Desde ahí hasta nuestro nacimiento, muchísimas cosas pasaron, pero yo voy a seguir relatando lo que ha sido mi vida.

lunes, 21 de enero de 2008

MI GEMELA QUERÍA QUEDARSE DENTRO

¡Un momento!, dijo la comadrona. ¡Parece que viene otro!. Y dejaron de interesarse por mí. ¡Manos a la obra otra vez!. La cara de mi madre, un poema. ¿pero cómo? ¡no puede ser!. Pero sí podía ser ¡vaya que sí podía!. La jeta de mi hermana, sin salir. ¿para qué? Era dueña y señora de un sitio que habíamos compartido nueve meses y se podía mover a sus anchas. ¡Nada, que no sale! Empujando, y nada. Yo, que le había hecho todo el camino y ella allí, tan tranquila ¡si lo llego a saber! ¡resultó mucho más lista que yo! Yo, que ya estaba fuera, con frío, intentando respirar y hacerme con el nuevo medio, y ella estirándose de una manera que yo desconocía. Yo tampoco querría salir. Todos empeñados en que saliese. Quería decirles que la dejasen en paz, que la comprendía, pero por mucho que me movía, no me hacían caso, no me entendían. Mi primer contacto con la incomprensión. ¡que no salga, que no salga! Pensaba. Mi hermana se había hecho fuerte allá dentro. Ya empezaba a echarla de menos. ¡tanto que me molestó y ahora, mira que si no sale....! Pero ¡quiá! ¡de eso nada! La señora empeñada en que tenía que salir. ¡Esta sale! ¡Vaya si va a salir! (decía) y metió la mano para sacarla. ¡Pobre hermana, por mucho que intentaba escapar, veía esa cosa enorme que quería agarrarla, y aterrada, con un movimiento rápido, se escurría para otro lado. Le cogió el pie, y se le escurrió. Ahora el brazo, también se escapó. Al fín le sujetó la cabeza. Ella quería gritar, pero no le salía, le dio media vuelta y... ¡por fín, la tenemos!. ¡Pobre, como lloraba! ¡Nunca la había oído. ¡qué raro sonaba! ¿sonaría yo así? Y estaba tan lejos, tan lejos...

Ya estábamos las dos en lo que llamaban “mundo”. Pero ¿por qué dos?. Pues la cosa es muy sencilla. Nuestra madre era muy, muy religiosa y creyente. Como ya tenía un hijo, su primer y deseado hijo varón, quiso la niña. Y la quería con tantas ganas, que fue a una iglesia donde decían que la Virgen concedía todos los deseos y allí, arrodillada, pidió que su segundo hijo fuese una niña. No contenta con eso, y por si acaso, volvió a otra iglesia, insistiendo en la niña. Y.. ¡toma niña! Se ve que la Virgen se sintió generosa.

domingo, 13 de enero de 2008

ASOMABA MI PIECECITO

Es fácil comprender que yo, cada vez que veo alguna embarazada, miro para su barriga y pienso: ¡Anda que no está bien y cómodo ése! ¡todo el sitio para él! ¡privilegiado! En cambio yo.... Volviendo al seno materno y las vicisitudes que allí pasaban, pronto empezamos a darnos cuenta de que a medida que nos hacíamos más grandes, teníamos menos espacio, y la convivencia se iba haciendo insoportable, así que llegó el momento de plantearse: habrá que salir. Habrá. Pero ¿por dónde?. Pues no se. Debe ser hacia abajo. Sí. ¿no será por ese sitio tan estrecho?. Ah, pues yo no veo otro. Mi lo que fuese dijo que por ahí no pasaba. Que ni hablar. Que yo primero. Pues alguien tendrá que intentarlo. Cuando quise darme cuenta, era inevitable. El otro se había ido tan arriba, que me aplastaba hacia el temible túnel. Y yo tengo que reconocer que ya sentía curiosidad de lo que nos íbamos a encontrar al salir. Así que tímidamente estiré una patita y empecé la exploración. Noté que según movía el piececito, el espacio se encogía, como para acariciarme, y se volvía a ensanchar, para dejarme sitio y animarme a continuar. Supe que mi pie estaba fuera porque sentí un cosquilleo. La mano de mi madre exploraba, sorprendida (eso nos contó). Y todo se agitó a partir de ese momento. Alguien tiraba de mí hacia fuera y por un momento sentí arrepentimiento. Al fin y al cabo, no se estaba tan mal dentro. ¡¡¡Niña!!! (Así me enteré de lo que era). Un fuerte tirón, y ¡un frío.....! Alguien me dio unas tortitas (¡ja, tortitas!). Empecé a llorar y gritar muy, pero que muy fastidiada, en una postura que nunca había tenido: toda estirada y cabeza abajo. Encima, todos se reían.

miércoles, 2 de enero de 2008

EL LIO DE COMPARTIR SENO MATERNO

Empecé a encontrarle sus ventajas. Si eso que tenía al lado (no sabía qué era ni si yo era igual, pero los millones que nadaban con nosotros eran sino iguales, muy similares, así que, pensé, muy parecido debo ser) no paraba de transformarse, es muy posible que a mí me pasara lo mismo. Era como tener un espejo. Por supuesto que de aquellas no tenía el concepto de espejo, ni de la palabra. Mucho menos ojos para ver, pero qué se yo, sabía que a mi me sucedía casi lo mismo ¿qué cómo lo sé? ¡Pero si ya te he dicho que no lo sé! Lo sentía, tal vez, en el latir de la sangre. Con cada latido, zas, una transformación. ¡Pero qué época! Con cada día, una sorpresa nueva. Yo me enteré de que tenía ojo, cuando “eso” me metió un dedo ahí mismamente. ¡y puedo asegurarte que no me hizo ninguna gracia! ¿y las extremidades inferiores? Imagínate, ahí moviéndonos los dos, en el sitio pensado para uno... ¡Ala, toma rodillazo! Si, claro, sin querer, pero ahí te quedó. Debíamos estar llenos de moratones. ¿Qué estiraba el brazo? ¡codazo asegurado! Un sufrir constante, puedes creerme. A medida que pasaban las semanas, más grandes, menos sitio. Más tortazos. Más incomodidades. ¡Ah! ¿Y los cordones umbilicales? ¡Cuántas veces a punto de ahogarme, sin siquiera haber nacido! ¡unos líos....! Y mira que eran largos... Yo no sé cómo me las arreglaba, que casi siempre lo tenía rodeándome el pescuezo. Y cuando no, atada una pierna mía con otra suya, o mi brazo con el del otro lo que sea. ¡Es que hay que vivirlo! Había momentos que sentía sueño (digo yo que sería eso) Bajaba los párpados (digo yo), me encogía y me gustaba meter el dedo en la boca. Pues me confundía, y se lo metía al de al lado y me encontraba chupando el suyo.

FALDON DE CRISTIANAR

FALDON DE CRISTIANAR
Con este faldón se bautizaron nuestro padre y nuestro abuelo.