
Xosé Guillermo tuvo un sueño.
Soñó que todos los habitantes del mar soñaban, envidiosos de las gaviotas, volar. Y se organizaron cursillos para aprender a volar en pocos días. Como monitores indiscutibles, los peces voladores. También echaban una mano, nada despreciable, los delfines. Tal era el entusiasmo por aprender, que todos estaban dispuestos a hacer horas extras. Como en todas las clases, había alumnos avanzados (camarones, medusas), otros que se retrasaban (cangrejos, centollas… ) que nunca sabían si iban hacia delante o hacia atrás, y otros que a pesar de la buenísima intención y la gran fuerza de voluntad que ponían, no lo lograban (¡esto no es justo! decían las ballenas y los tiburones). También había aquellos que, aprovechando la ocasión de estar tan juntitos, no dudaban en “merendarse” a unos cuantos. Ese era el lado trágico de la movida que estaba teniendo lugar en el fondo del mar y de la que nadie en la costa tenía la más mínima sospecha.
Hasta que por fin, incluyéndose los más torpes, acordaron que habían aprendido lo suficiente para, con un fuerte impulso, lograr lo que ningún pez ni ningún otro habitante del mar había conseguido hasta el momento: VOLAR.
Cierto es que no sabían volar demasiado alto, y cuando más entusiasmados estaban (porque además, sorprendentemente y sin que nadie hubiera previsto que podría presentarse ese problema, podían respirar perfectamente), se tropezaron con las ramas de los árboles.
Los primeros que tropezaron no pudieron avisar a los segundos, ni éstos a los que venían detrás, y poco a poco se fueron enredando uno tras otro, en las ramas de los árboles. Y allí se quedaron atrapados y moviéndose todo el tiempo intentando zafarse del obstáculo y continuar su vuelo. Intentaban aprovecharse de la lluvia, del viento, de ese rayo que pasa, pero nada…. Ahí seguían.
Eso soñó Xosé Guillermo. Xosé Guillermo siempre estaba soñando y realizando, soñando y haciendo, soñando y viviendo…
Pero esta vez, cuando parecía que su sueño no podría nunca realizarse, La FUNDICIÓN NAUTILUS, su querida FUNDICIÓN NAUTILUS capitaneada por su hijo Sagar movió todos los hilos posibles para que este sueño se realizase. Montaron un taller en el que participaron los imprescindibles “Artenautas” y consiguieron que lo soñado se hiciera realidad.
Esa realidad la podréis disfrutar, desde su inauguración en la Alameda de Vigo el día 15 de Julio próximo y durante, creo, un mes.