FUNDADORAS
Estábamos paseando una tarde y nos detuvimos a ver un grupo de niñas jugando. Jugando con niños. Tenían como unos doce años y después de un rato, nos miramos y dijimos: Nosotras no jugábamos así ¿verdad?. Bueno, jugábamos como de otra manera. Era otra época, era otra educación.
Y se nos vino el recuerdo de aquellas ocurrencias, de aquél día en el que en el recreo del Cole, hablando con nuestra amiga Pizca, tomamos la decisión de ser fundadoras. Fundadoras de la Orden de las Inesianas.
¿Y por qué precisamente Inesianas?
La idea empezó porque nosotras, las gemelas, un buen día sentimos que nos dolían un poco los pechos (algo absolutamente normal, teniendo la edad pre-adolescente que teníamos). Pero al decírselo a mamá, nos recomendó que rezáramos a Santa Inés, Patrona de las enfermedades de los pechos. Y nos explicó que la Santa, cuando tenía trece años, prefirió que le cortasen los pechos antes de que la mancillaran.
Empezamos a rezar a la Santa. Tanto rezamos que nadie nos quita de la cabeza que frenamos el normal desarrollo de nuestros senos, así que nunca fue una parte de nuestro cuerpo excesivamente provocadora. Y evitamos muchas, seguro, ocasiones de pecar, evitando también las lascivas miradas de jóvenes muchachos. (¡Vaya faena, dicho sea de paso!).
Fue así como Sta. Inés entró de lleno en nuestras vidas.
¿Cómo es posible que nos dejáramos entusiasmar por algo así, siendo aún tan niñas?
Podemos encontrar la explicación, por ejemplo, en que llevábamos un largo camino andado de Meditaciones, Misa y Comunión diaria, confesiones, bendiciones Urbi et Orbi, misas de Gallo, Vía Crucis, Sabatinas, Silenciosos y recogidos ejercicios espirituales, rosarios, letanías, Primeros Viernes de mes, Meditaciones, Ofrecimiento de Obras en cada principio de clase, acompañando la señal de la cruz (santiguándonos), mes de las flores, con flores a María, Rosarios de la Aurora, medallas del Jardín de Infancia, Aspirantes, Congregantes, directores espirituales… etc…etc… todo terreno abonado para que a los doce años unas niñas sueñen con ser Fundadores. (Sin contar con que nos hubiera encantado morirnos justo en el momento de hacer la Primera Comunión, vestiditas de blanco, con toda la inocencia intacta. “Directas al Cielo”, nos decían).
Entusiasmadas, quisimos hacer partícipe a nuestra amiga del alma, Pizca, de nuestro enamoramiento y enseguida nos siguió, disponiéndose a pedir a los Reyes el libro titulado “Inés y los Lobos” para así estudiar más su vida y tal vez posibles milagros.
De su lectura surgió la idea, tal vez la vocación o llamada que con dedo invisible (así son los designios del Señor) nos señalaba el camino a seguir:
¡Vamos a ser las fundadoras de la Orden de Santa Inés, y nos vamos a llamar desde ahora Inesianas!.
Así se lo hicimos saber a nuestra madre (que sonrió con esa sonrisa de las madres que saben que sus hijas van por el buen camino, pero que se están pasando un “pelín”)
Y así se lo hizo saber Pizca a la suya y a sus hermanos, que se entusiasmaron con la idea de tener una hermana e hija que sería FUNDADORA, riéndose y abrazándola.
En seguida pusimos en marcha todo el mecanismo que conllevaba la Fundación.
Confeccionamos unas cintas de raso (blanco, color de pureza) en forma vertical que con grandes letras en las que se leía de arriba abajo: “Inesiana” y la fecha de la Fundación (21-1-62), que llevábamos prendida con un imperdible en el uniforme, a la altura del corazón. Porque ahí, sobre el corazón, nos libraría de todo mal (una especie del “Detente” de la guerra.
Pizca y nosotras seríamos, por supuesto, las Fundadores, pero contemplábamos la posibilidad, y la necesidad así como que era lo deseable, de tener aspirante que tras un período de prueba, pasarían a ser Inesianas.
Pues bien, había llegado el momento de invertir dinero. Porque qué menos que hacer unas medallas de la Santa para llevar colgadas del cuello. Pizca fue la encargada de decir a su madre que necesitábamos para empezar un mínimo de veinticinco medallas de plata. Y ni corta ni perezosa, allá que se fue a una joyería a encargarlas.
Pero ¿a quién se le ocurre hacer caso de una niña de doce años, y sin contar con la aprobación de las demás madres (no de la niñas, que ya la tenían, para eso habían sido “elegidas” como fundadoras) encargar veinticinco medallas de plata, a veinticinco pesetas cada una, un auténtico dineral para la época?.
Llegó el momento y nos dijo Pizca: ¡Ya tenemos medallas!.
Empezamos a saltar de alegría y decidimos que teníamos que unir nuestras sangres. Pinchamos con una aguja el dedo índice y unimos las rojas gotitas de cada una. Hermanas de sangre, además de Fundadoras…
“Veinticinco pesetas”, nos dijo. ¿Las dos?. No, cada una. Empezamos a ver la cosa muy, pero que muy negra. No sabíamos ni cómo decírselo a nuestra madre. Nos armamos de valor. Se lo dijimos. ¡No, No, y No! Fue su contestación. Y empezó a despotricar contra la actitud de una persona adulta que se toma en serio una “tontería, una ocurrencia de niñas”.
No sabemos exactamente cuándo abortó la Fundación. Creemos que a partir de ahí.
Papelón el nuestro al decírselo a nuestra madre. Pero ¿y el de Pizca?.
Empezaron los enfados y las discusiones. ¿Y qué hago yo con las veinticinco medallas? ¿Cómo se lo digo a mi madre? . Y ¿Qué quieres que hagamos? No tenemos dinero…..
Ay! El dinero. Qué pronto se aprende que poco se consigue sin él.
Pasaron muchos, muchos años, más de cuarenta, y un buen día nos encontramos con Pizca y su madre. Fue un encuentro muy bonito.
Pero en un momento, nos sorprendió la Madre recordándonos con mucho enfado, el temita de las medallas de Santa Inés. Nunca lo había olvidado.
Le dijimos: ¡Te las compramos todas! ¡Nos encantaría verlas!
No nos hemos vuelto a ver. Tal vez algún día….
Corcubión-Laguna de Duero, Abril 2010.